¿A dónde va el dinero que pagamos para que Lima tenga agua en el futuro?

Loading

Sedapal ha advertido que la capital del país podría quedarse sin agua lentamente, gota a gota, en los próximos diecisiete años. En el año 2015 la entidad decidió aumentar en 1% las tarifas de consumo de agua. El objetivo de este reajuste era financiar proyectos para la conservación del recurso hídrico. Se trata de un fondo llamado MERESE que solo hasta el 2020 acumuló más de 85 millones de soles. Sin embargo, desde el 2015, solo se ha ejecutado poco menos de la tercera parte de los proyectos que este fondo podría financiar. 

Por Laura Rivera y Álvaro Cáceres
Portada: Alexandra Prado



Carlos Aguirre vive con su esposa y sus cinco hijos en Breña. Paga 80 soles mensuales por el agua que utiliza para lavar, cocinar, bañarse y hacer la limpieza de la casa. En su recibo, además del total de la tarifa, se muestran cuántos metros cúbicos de agua ha consumido cada mes, pero no le presta atención. En total ha gastado 25, pero no se da cuenta de que cada uno de esos metros cúbicos equivale a mil litros. Solo en noviembre de 2022 utilizó 25 mil litros de agua. 

Cuando Carlos se baña abre la llave de la ducha. El agua cae y cae durante todo el tiempo que le lleva asearse. Su esposa abre el grifo para lavar los platos y el agua sigue chorreando sin interrupciones. Sus hijos lavan el carro con mangueras de las que sale agua sin parar durante una hora. Carlos y su familia utilizaron solo en un día 833 litros de agua.  

Mientras que centenares de gotas discurren por cada uno de esos caños, Sedapal arroja una proyección preocupante: para el 2040, Carlos, su familia y toda la población de Lima empezará a sufrir recortes frecuentes de agua. Es probable que en diecisiete años no veamos casos de derroche como el que se acaba de describir. 

Carlos paga el recibo de agua a ojos cerrados todos los meses. Lo que no sabe es que el 1% de ese pago, es decir, un sol con 20 centavos, va dirigido a un fondo monetario que ha acumulado, desde el 2015, más de 85 millones de soles. 

Con este monto, Sedapal planeaba conservar las cuencas de los ríos de los que se abastecen todos los pobladores de Lima: Chillón, Lurín, Rímac y el Mantaro. Sin embargo, de 29 proyectos que se presentaron, solo se tiene registro de uno.  

Esta iniciativa del plan MERESE tenía un objetivo claro: conseguir más agua para el futuro. Los fondos se destinaron a proyectos en localidades ubicadas a más de 90 kilómetros de Lima, a cuatro horas de viaje en auto atravesando caminos pedregosos con abismos pronunciados. En estas rutas alejadas de la capital, el cielo se vuelve azul y el aire es puro, a diferencia del de Lima, la octava ciudad más contaminada de América Latina. 

En las alturas de Huarochirí, en la sierra de Lima, se encuentra la comunidad campesina de San Pedro de Casta. Es un lugar rodeado de altas montañas, donde nacen los ríos y donde los habitantes mantuvieron sistemas hidráulicos milenarios para conservar el agua de las lluvias. 

Los “guardianes del agua”, como se hacen llamar algunos pobladores, aplican técnicas ancestrales para cumplir con el objetivo del proyecto de Sedapal. Con piedras y arcilla construyen una especie de represa que capta el agua de la lluvia. Esta se infiltra en la tierra formando puquiales, pequeños charcos de agua, que aumentan el caudal de las cuencas de las que se abastece toda la capital. A actividades como esta se les llama siembra y cosecha de agua.

El agua que se conserva en las alturas de las cuencas se dirige hacia la ciudad. A los encargados de estas acciones se les retribuye económicamente a través de tarifas que se les cobra a todos los ciudadanos en sus recibos mensuales de agua. Infografía: Ministerio del Ambiente.

El lugar a donde llega el fondo MERESE

Si se hace una búsqueda en Internet sobre los proyectos de servicios ecosistémicos de Sedapal, uno de los resultados más frecuentes es el Proyecto “Microcuenca Milloc”, ubicado en la comunidad campesina de Santiago de Carampoma, en la provincia de Huarochirí. Para llegar a esta provincia desde el centro de Lima el trayecto dura tres horas; luego, para llegar hasta Milloc, son dos horas más de camino. Es un cerro alejado con una laguna de aguas cristalinas y suelos que retienen el agua. 

Estos terrenos son conocidos como bofedales, su característica principal es que sus suelos captan el agua de la lluvia, como si se tratara de una esponja, para luego expulsarla durante el tiempo de sequía hacia las partes medias y bajas de la cuenca. En terrenos como este se extraen las denominadas “champas” que se utilizan, por ejemplo, para adornar los nacimientos de Navidad. Las champas son la parte superior de los bofedales. Sin embargo, cuando se extraen masivamente los suelos empiezan a secarse y las sequías se hacen más frecuentes.

Casi tres millones de soles han sido invertidos para la recuperación de estos bofedales. De 29 proyectos presentados por Sedapal, Milloc es el único que cuenta con registro oficial en la página web de la entidad. Allí se indica que está en ejecución desde marzo del 2021. 

Adicionalmente, desde hace dos años, el fondo de Sedapal ha invertido en comunidades aledañas. Una de estas es la de San Pedro de Casta, pionera en aplicar técnicas ancestrales de siembra y cosecha de agua. Está ubicada a una hora de Huarochirí, pero para ver la siembra del agua, se tiene que conducir desde el poblado durante hora y media por caminos de tierra. En el trayecto se aprecian a lo lejos majestuosas montañas. “Hace diez años estaban cubiertas de nieve”, recuerda Walter Medina, un comunero de San Pedro de Casta. Algunas montañas son verdes, otras tienen tonos grises. Tal contraste es producto del cambio climático: la ausencia de lluvias y el aumento de la temperatura global.

Conducir por estas rutas, en medio de estos paisajes es tan común para Magdiel Olivares como lo es para Carlos Aguirre ir todos los días de su casa en Breña a su trabajo en Pueblo Libre. A Magdiel lo llaman ‘Pato’ y es uno de los choferes más conocidos de San Pedro de Casta. A diario visita lugares donde se siembra agua y a su derecha, acompañándolo, muchas veces está Walter, su amigo de toda la vida. 

Walter y Magdiel son originarios de San Pedro de Casta. Vivieron allí toda su vida. Cuando tenían diez años esperaban con ansias que llegue febrero para ir a las “faenas comunales”, una especie de campamentos en los que la principal obligación de toda la comunidad es darle mantenimiento a las amunas, canales hídricos ancestrales de su localidad, emblema y legado de esta zona. Estas eran actividades tan importantes que ni las inclemencias meteorológicas, como las lluvias tormentosas, fueron un obstáculo. El objetivo era cuidar del agua y todos participaban. 

Cincuenta años después, Walter y Magdiel piensan en su trabajo. Mientras conducen un viejo station wagon de color plomo, ríen al acordarse cuando eran niños y se tuvieron que esconder bajo los cerros para protegerse de una descarga eléctrica. 

A 4500 metros sobre el nivel del mar, en medio de un frío que hiela la piel, ambos amigos bajan del auto que quedó cubierto de polvo por el trajín del camino. Magdiel agarra una botella de plástico, pisa pastos verdes, se agacha y de un riachuelo recoge agua que inmediatamente bebe sin temor alguno.

Bofedales de Huitama. Fotos: Laura Rivera.

Walter y Magdiel se encuentran en medio de los bofedales de Huitama, un ecosistema natural similar al de Milloc. Los bofedales son métodos naturales de conservación de agua, específicamente, son un modelo de siembra de la misma. 

Caminar por aquí no es como pisar cualquier pasto: al hacerlo se siente agua debajo. “Son como unas gelatinas”, dice Walter. Los bofedales retienen el agua de la lluvia en el suelo y luego esta brota a su alrededor gradualmente en forma de riachuelos. “Es el agua más pura que se puede probar”, dice Magdiel mientras recarga su botella. 

Pero este terreno está lejos de ser un paraíso natural. A tan solo unos pocos metros y en la misma parcela, además de la vida que se almacena aquí en forma de agua, el terreno también registra la muerte y depredación de los bofedales marchitos, producto de la extracción de las “champas”. La diferencia es notoria: lo seco y lo fértil, una dualidad entre lo mostaza del pasto seco y lo verde de los pastizales vivos. En San Pedro de Casta, cuenta Walter, había unos diez terrenos llenos de bofedales. Este, el de Huitama, es el único que queda en la actualidad. Fue restaurado en el 2021, pero aún se notan los estragos del cambio climático. Se instalaron cercos alrededor del terreno para evitar el sobrepastoreo y se habilitó una represa para regar los pastos y que estos recuperen su propiedad de absorción natural de agua. 

“Este era un bofedal abandonado, no había agua. El año pasado restauraron esa represa de cemento. Al llenar esa laguna todo comenzó a tener vida”, cuenta Walter señalando una gran construcción gris a la derecha del terreno. 

El contraste es mayúsculo: mientras que en la parte más cercana a la represa, todo está verde y vivo; a 50 metros, la tierra está seca, de ella solo brota el color amarillo. La represa tiene una capacidad de 60 mil metros cúbicos. Al llenarse con el agua de lluvia, unos tubos conducen el líquido para irrigar los bofedales. De esa forma es que se logró reverdecer una parte de la naturaleza. La infraestructura natural y la infraestructura gris se combinan para conservar el agua. La infraestructura gris es la que comúnmente vemos en la mayoría de las construcciones, se encuentra en edificios y calles, y es gris porque está hecha de cemento. La infraestructura natural, como su nombre lo sugiere, se basa en elementos que podemos encontrar en el medio ambiente, como piedras y arcilla.

“Pero el trabajo de Sedapal es lento. A la velocidad que vamos y con el anuncio de la falta de agua para 2040 en Lima, todo anda muy lento”, se queja Walter, desesperanzado ante los resultados obtenidos hasta el momento. No le falta razón. Recién en el año 2020 se iniciaron los proyectos en zonas como San Pedro de Casta, es decir, cinco años después de que se empezó a recaudar el dinero que los limeños pagan mensualmente para garantizar que tengamos agua en el futuro. Una parte del fondo de Sedapal, casi tres millones de soles, desemboca en medio de ese contrapunto de lo muerto y lo vivo, y de lo gris y lo verde. 

Tarwi macho. En la derecha, ubicada en los bofedales restaurados; a la izquierda, en los bofedales secos. Fotos: Laura Rivera. 

¿Qué hay sobre los otros proyectos? 

La Superintendencia Nacional de Servicios de Saneamiento (Sunass) fijó la tarifa del 1% del cobro en la boleta de agua con base en un estudio tarifario. Pero este fondo no solo lo tiene Sedapal. Roberto Olaya, especialista en la coordinación y promoción de los MERESE, señala que todas las Empresas Prestadoras de Servicios de Agua y Saneamiento (EPS) deben aplicar la ley. De las 50 que existen en el país, 47 cuentan con la tarifa para la conservación de ecosistemas. Sin embargo, solo 17, entre ellas Sedapal, ejecutan los fondos MERESE. 

“Estos fondos tienen que estar previamente sustentados bajo proyectos o intervenciones que la empresa tenga planificados. Sedapal inicialmente presentó 60 proyectos para este nuevo quinquenio (2022 – 2027). En los años anteriores, del 2015 al 2020, no ejecutó casi nada”, afirma Olaya. 

Han pasado siete años y recién se están viendo frutos del fondo MERESE. Los proyectos en ejecución son contados, como en San Pedro de Casta. El trabajo ha sido lento. Sin embargo, Walter y Magdiel se muestran esperanzados, se preocupan en aquellos despreocupados, como Carlos y la mayoría de nosotros, para que Lima tenga agua en el futuro.